Siempre hacia delante

Una cosa que llama la atención en China es que las personas parecen conformarse con lo que tienen. En un país con tan grandes desigualdades —el sueldo mínimo en Shanghái no llega a los 200 euros, y muchas personas que no tienen contrato no lo ganan; mientras que hay empresarios que, no sabiendo qué hacer con su dinero, compran perros de dos millones de dólares— no sería raro escuchar comentarios de queja, ver malas caras cuando se habla de dinero o palpar el descontento de las personas con su destino. En cambio, el taxista te dice con resignación que trabaja 16 horas diarias de lunes a domingo y que su vida es 很辛苦( hen xinku), una palabra que designa la existencia de quienes viven para trabajar y en la pobreza. No se queja, me lo dice porque se lo he preguntado y como si estuviera hablando de cuántos hermanos tiene.

Los chinos también parecen aceptar sus derechos. La profesora se sorprende cuando en clase los europeos hablamos de que el estado de bienestar está en retroceso. En China el subsidio de desempleo o la pensión de jubilación son prácticamente inexistentes. Estar ingresado en el hospital es carísimo. Ganar un juicio depende de los contactos que tengas. El Estado te da muy poco y la gente cuenta con sus propios recursos (su trabajo, su familia, sus contactos) para sobrevivir. No esperan nada de nadie.

Esto se extiende a situaciones frecuentes,  o al menos ocasionales, tan inverosímiles para un occidental como que muchos coches no se detengan en los semáforos, amparados por su condición mastodóntica; que cuando alguien sufre un accidente lo habitual sea no parar a socorrerlo, pues correría el riesgo de ser demandado, dado que el responsable ya ha desaparecido de escena; que el metro sea un campo de batalla donde entrar el primero al vagón sea más importante que la salud propia o ajena.

En China no hay solidaridad ni la esperan. Los años de pobreza acérrima vividos durante el comunismo —lo que hay ahora no es comunismo, sino “socialismo con características chinas”, una forma de denominar el régimen autoritario abierto al mercado actual— han construido una costra parecida a los asientos duros que eligen para viajar en tren más barato, y que explica en parte esos comportamientos que he descrito, que diferencian a alguien de la China continental de sus hermanos taiwaneses, hongkoneses o singapurenses.

Sin embargo, ese individualismo —una solidaridad que no traspasa las fronteras de la familia— lleva parejo una autosuficiencia y una motivación que están haciendo que la vida de los chinos, en general, mejore a pasos agigantados. Al menos en términos económicos. China es un país en ebullición.

Respirar esa energía de crecimiento ha sido una de las cosas que más he apreciado en este viaje a China. Conocer a Javi, un entrenador personal navarro que se fue a probar suerte y se encontró con un éxito inesperado. A Antonio, que ha montado una empresa de formación y de traducción. A Luis y Diego, que barajan ofertas de trabajo de diferentes multinacionales, todas al alza. Hay que ser valiente para estar en China, pero sobre todo hay que estar dispuesto a sacarse las castañas del fuego, sin esperar nada de nadie. Quizá ahí resida la clave del éxito del gigante asiático. No enredarse con lo que hay y mirar siempre hacia delante.

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