Siempre hacia delante

Una cosa que llama la atención en China es que las personas parecen conformarse con lo que tienen. En un país con tan grandes desigualdades —el sueldo mínimo en Shanghái no llega a los 200 euros, y muchas personas que no tienen contrato no lo ganan; mientras que hay empresarios que, no sabiendo qué hacer con su dinero, compran perros de dos millones de dólares— no sería raro escuchar comentarios de queja, ver malas caras cuando se habla de dinero o palpar el descontento de las personas con su destino. En cambio, el taxista te dice con resignación que trabaja 16 horas diarias de lunes a domingo y que su vida es 很辛苦( hen xinku), una palabra que designa la existencia de quienes viven para trabajar y en la pobreza. No se queja, me lo dice porque se lo he preguntado y como si estuviera hablando de cuántos hermanos tiene.

Los chinos también parecen aceptar sus derechos. La profesora se sorprende cuando en clase los europeos hablamos de que el estado de bienestar está en retroceso. En China el subsidio de desempleo o la pensión de jubilación son prácticamente inexistentes. Estar ingresado en el hospital es carísimo. Ganar un juicio depende de los contactos que tengas. El Estado te da muy poco y la gente cuenta con sus propios recursos (su trabajo, su familia, sus contactos) para sobrevivir. No esperan nada de nadie.

Esto se extiende a situaciones frecuentes,  o al menos ocasionales, tan inverosímiles para un occidental como que muchos coches no se detengan en los semáforos, amparados por su condición mastodóntica; que cuando alguien sufre un accidente lo habitual sea no parar a socorrerlo, pues correría el riesgo de ser demandado, dado que el responsable ya ha desaparecido de escena; que el metro sea un campo de batalla donde entrar el primero al vagón sea más importante que la salud propia o ajena.

En China no hay solidaridad ni la esperan. Los años de pobreza acérrima vividos durante el comunismo —lo que hay ahora no es comunismo, sino “socialismo con características chinas”, una forma de denominar el régimen autoritario abierto al mercado actual— han construido una costra parecida a los asientos duros que eligen para viajar en tren más barato, y que explica en parte esos comportamientos que he descrito, que diferencian a alguien de la China continental de sus hermanos taiwaneses, hongkoneses o singapurenses.

Sin embargo, ese individualismo —una solidaridad que no traspasa las fronteras de la familia— lleva parejo una autosuficiencia y una motivación que están haciendo que la vida de los chinos, en general, mejore a pasos agigantados. Al menos en términos económicos. China es un país en ebullición.

Respirar esa energía de crecimiento ha sido una de las cosas que más he apreciado en este viaje a China. Conocer a Javi, un entrenador personal navarro que se fue a probar suerte y se encontró con un éxito inesperado. A Antonio, que ha montado una empresa de formación y de traducción. A Luis y Diego, que barajan ofertas de trabajo de diferentes multinacionales, todas al alza. Hay que ser valiente para estar en China, pero sobre todo hay que estar dispuesto a sacarse las castañas del fuego, sin esperar nada de nadie. Quizá ahí resida la clave del éxito del gigante asiático. No enredarse con lo que hay y mirar siempre hacia delante.

Vuelta a los orígenes

No me considero una viajera aventurera. Ni si quiera me considero viajera, sino habitante. Me gusta pasar un tiempo en las ciudades que visito y crearme mis rutinas, habitar sus espacios, hacerme con mis lugares y poder decir, a la vuelta, a los futuros viajeros, que visiten este u otro lugar, que coman en tal o cual sitio, que llamen a esta u aquella persona, que les tratará bien. Como si ya fuera mi ciudad. Alguna vez he dicho que me gustaría vivir una temporada en todos, o casi todos, los países del mundo. Es un deseo que sé que no voy a cumplir, entre otras razones porque, por motivos prácticos y laborales, mis últimas estancias por el mundo se están reduciendo (me sabe mal utilizar esta palabra) al mundo chino. Y está bien así.

Huelga decir que un viajero o habitante aventurero no habría esperado a su tercera estancia en Shanghai a dejar la residencia de la universidad y adentrarse en un barrio tradicional, fuera de la Concesión Francesa (la zona en la que los occidentales nos sentimos en casa), para compartir piso entre locales en la segunda planta de una classic lane house de Yuyan Lu. Para todos aquellos que me han llamado valiente por venirme dos meses aquí: valiente es Belén, que está haciendo un máster de tres años en chino, quien viene aquí sin billete de vuelta, o quien decide integrarse en la cultura china alejándose lo más posible de la occidental mientras está aquí.

En las últimas semanas me han preguntado muchas personas qué me gusta de China, o si me gusta China. Para mí esa pregunta no es tan importante como para qué estoy aquí o qué quiero aprender. Naturalmente está el idioma, que no solo es una apuesta profesional sino también un reto personal. En segundo lugar, quiero conocer lo más posible esta cultura: pienso que solo con un conocimiento profundo de las mentalidades, costumbres, formas de pensar, mapas mentales, tradiciones e historia de una cultura podemos aceptar sus formas y relacionarnos satisfactoriamente con ella. Y ese es el objetivo del trabajo de un intérprete: que la comunicación entre dos personas de culturas distintas sea fluida, y no solo en lo que al idioma se refiere.

Todo viaje entraña una transformación personal, y no voy a negar que eso no sea lo que más me gusta de todo. Volver a Madrid sintiéndome una persona nueva. Porque me gusta volver a Madrid, aterrizar en Barajas bajo el tórrido sol seco de julio, oler el asfalto de la M-30, ser recibida por las sonrisas y abrazos de quienes han estado ahí ese tiempo en la distancia, y contarles en persona todo, con una nueva luz y bajo otra mirada.

Algo tiene Shanghai distinto de otros lugares que he visitado en esta gesta del aprendizaje del chino. Ha sido el único que me ha incitado a escribir. Quizá Hong Kong, Singapur o Taipei estén demasiado cerca de lo occidental como para provocar en mí reacciones sobre lo que quiero investigar, sobre esta condición de agua y aceite que separa irremisiblemente Oriente y Occidente. Sé que en Shanghai está lo que he venido a aprender. Por eso he decidido cambiar el nombre del blog, Mundomultikulti (nombre muy alemán, otra cultura que llevo en mi corazón), por el de Días de Shanghai, en honor a un libro llamado Días de Hong Kong, de Xabier Moret, que me hizo mucha compañía en esa ciudad. Que este blog les haga a ustedes también compañía y les aproxime a esta civilización.

Llegada a Hong Kong

El avión llega al Aeropuerto Internacional de Hong Kong planeando a pocos metros sobre el mar. A la derecha queda la isla de Lantau, y sobre el agua se ven pequeñas barcas y ferries. Verde y azul, naturaleza casi virgen. Mi compañero de asiento me señala una estatua en lo alto del monte: es el gran Buda, de cobre. Nos despedimos, tiene ganas de regresar a Hong Kong después de una conferencia en Dakar. Trabaja en Amnistía Internacional y me habla de cómo gestionaron el caso de Snowden con la emoción velada de quien se siente en el ojo del huracán.

A la salida de un túnel las montañas verdes empiezan a poblarse de edificios altos de construcción china: espigados, grises y desgastados. Eddie, la persona que me acompaña de la escuela, me explica que en Hong Kong lo que más dinero da no son las finanzas o el comercio, sino el sector inmobiliario.

El tren cubre subterráneo el espacio entre las islas hasta llegar al barrio Central, en la isla de Hong Kong. Eddie me dice que ahí voy a estar bien, a un paso de todo. Se despide deseándome suerte, él lleva 15 años en Hong Kong y no ha aprendido mandarín ni cantonés. Es americano de madre coreana.

El 1 de julio es fiesta, el aniversario de la Devolución de Hong Kong de manos británicas a chinas, en 1997. Se prevé una gran manifestación esta tarde, los hongkoneses no terminan de encajar eso de ser chinos otra vez. Se espera también un tifón. Aunque para Eddie lo que debería temer de verdad son las rebajas de verano, que empiezan hoy y atraen a masas de turistas de Japón, Corea y toda Asia.

Sobre que Hong Kong es una ciudad de compras no hay duda: los pasos elevados que los peatones toman para cruzar la calle y salvar el tráfico finalizan muchas veces en un centro comercial, que hay que atravesar para llegar a destino. Estos nuevos elementos del paisaje urbano se agradecen en un lugar con tanto calor.

Vista de Kowloon desde la isla de Hong Kong

Vista de Kowloon desde la isla de Hong Kong

Que Hong Kong es diferente de China también es evidente. Desde el acento británico con el que casi cualquiera se dirige a ti o la naturalidad con que el extranjero es recibido en la calle, hasta el estilo en la forma de vestir o la actitud de cercanía de algunos hongkoneses cuando te hablan de “ellos” y que indica que se sienten más cercanos a “nosotros”. O la falta de censura para utilizar Facebook o blogs. Sin embargo, lo que más me ha sorprendido es precisamente lo que me recuerda Hong Kong a China: el olor a aceite de fritura y ollas de bambú de las calles, la ropa pegada al cuerpo tras unos minutos en la calle, los pequeños negocios de ruedas y piezas mecánicas ennegrecidas entre tiendas de alimentación, las cortinas de plástico de los restaurantes, los ancianos que suben la calle con sus piernas finas y torcidas empujando una carretilla rebosante de cartones.

Eso si, Hong Kong tiene un cielo azul como no he visto nunca en China. Ahora ha empezado a llover; será que esta viniendo el tifón. Hay quien dice que el gobierno ha exagerado su intensidad para evitar las manifestaciones. Mañana os lo cuento.

 

¡Kia!

Uno de los enunciados del libro del Tao, uno de los pilares de la filosofía china, es que las cosas pueden ser y no ser a la vez. El yin y el yang -lo femenino, lo sutil y la sombra, en un caso, y lo masculino, lo concreto y la luz, en el otro- se contrarrestan con una tercera fuerza conciliadora, el tao. La primera vez que escuché esta idea no la entendí. Ahora estoy intentando encontrar ejemplos de cosas en las que esto se pueda aplicar.

Quizá uno podría ser el taichi. El taichi es un deporte que utiliza movimientos sutiles y delicados del cuerpo para mover la energía, que toma la forma de una bola redonda que la persona transporta con sus manos. Los movimientos se ralentizan, las manos fluyen por el espacio acariciando el aire, que se vuelve denso, y el cuerpo sigue un movimiento continuo y redondeado.

Pero el taichi también es un arte marcial, alguien me explicó que sus movimientos son los mismos que los del kung fu solo que a cámara lenta, y que su objetivo es aprovechar la energía del contrario para hacerse más fuerte. Un movimiento cualquiera de taichi, por ejemplo una mano que se mueve hacia el frente siguiendo la trayectoria de una ola, tiene su equivalente en el kung fu: basta con tensar el brazo, cerrar el puño y lanzar un golpe seco hacia adelante.

La delicadeza del taichi la observo en los cuerpos de las mujeres chinas. Por lo general se mueven sin sobresaltos, con parquedad, con una elegancia inconsciente. Tratan al hombre con sumo cuidado y atención. No es extraño ver cómo ella le prepara la comida en el plato a él en un restaurante. A veces ellas caminan también un paso por detrás.

A los veinticinco años suelen estar casadas. Muchas dejan de trabajar después de hacerlo. Existe una nueva clase que se está saltando estas tradiciones a la torera, pero lo que es cierto es que los domingos en la People’s Square se reúnen padres con fotos de sus hijos e hijas, dispuestos a intercambiarse los méritos de unos y otros e irse a casa con la descendencia garantizada. Según vemos en un texto en clase, el valor que cotiza más al alza es tener un buen trabajo.

En clase escribimos un anuncio siguiendo la plantilla del libro. Mujer de x años, licenciada, con buena salud, con un piso de xx habitaciones, busca hombre… Los adjetivos que se me ocurren desatan la sorpresa de la profesora. Pienso en el ideal del amor de mi entorno. Romántico, pasional, eterno; libre, efímero, sin tempos. Un amor que llega. Y que, si en algún momento se va, deja un espacio libre para comenzar de nuevo.

Una vez M me contó que en una montaña de China hay una piedra en la que puedes pedir en tu siguiente vida casarte de nuevo con tu marido. Me dijo que ella no quería. Pero en esta, claro, sí.

Quizá sea esta capacidad de aceptación el verdadero golpe marcial de estas mujeres. El tao que da cohesión y estabilidad a esta sociedad que, de otro modo, no sería una, ni se elevaría al unísono sobre el suelo, el puño en alto, una patada al aire. ¡Kia!

Pollo al limón

Las Olimpiadas de Pekín y la Expo de Shanghai trajeron a China los carteles en pinyin -la transcripción de los caracteres chinos al alfabeto latino- y con ellos la posibilidad para los no iniciados de encontrar una calle o ir en metro sin miedo. Las fotos en los menús no sé si se las debemos agradecer también a estos eventos o son una idea feliz anterior.

Cuando grabé China en Madrid muchos de los chicos a los que entrevisté coincidieron en que una de las cosas que más echaban de menos era la comida china de China. Y es que la comida china de China no tiene nada que ver con la comida china del resto del mundo. Dicen que los platos que han llegado a España son fundamentalmente cantoneses. El caso es que en Shanghai no se ven rollitos de primavera. Sí unas bolas de harina rellenas de carne, con forma de pelotas, que se cocinan en cestas de bambú y se venden en la calle como desayuno.

Los platos de las cartas se cuentan por cientos. En cada restaurante, salvo en los más pequeños y familiares, suele haber cinco, siete o diez variedades de platos de pollo, otras tantas de cerdo, de ternera, de pescado, de marisco, de verduras. Sopas. Tallarines secos. Sopas de tallarines. Pies de pato. Estómago de cerdo. Guisos con tofu. Aletas de tiburón. Los ingredientes se desmenuzan y se guisan en salsas que apenas me recuerdan al limón del pollo que tomaba en los días de universidad. Son más amargas, más saladas, más duras. Son la razón de ser del plato. El resto, a veces, es puro acompañamiento. Algunas son gelatinosas; otras tienen colores que más me imagino para un esmalte de uñas.

En las sopas flotan todos los ingredientes que podríamos encontrar sobre un plato llano y que se pescan habilidosamente con los palillos. Los pescados se muestran en una vitrina a la entrada, y cada comensal elige cuál quiere que acabe en su plato. Los postres son de arroz. Los helados, de alubias rojas que caen en forma de lava sobre un volcán de hielo. Sabores, texturas y sensaciones que la emigración no ha metido en la maleta.

Hoy he ido a cenar con M e I a la Concesión Francesa. Nos hemos bajado en Shanxi Nan Lu y hemos tomado la Xiangyang Lu alejándonos de la parte turística. Buscábamos algún lugar de barrio para comer, M se muere por los menús en chino sin fotos y la posibilidad de acabar ingiriendo algún animal cuyo nombre no aparece en el diccionario. Todo eran comercios, algún local de masajes, tiendas de zapatos brillantes. Hemos salido de la calle y cogido la Fuxing Lu, una calle más transitada, pero de nuevo más comercios, algún puesto de comida rápida china.

Hemos vuelto a Xiangyang Lu dispuestas a entrar en el único sitio con mesas que habíamos encontrado, y entonces ha aparecido. Bajando dos escalones, tras una cristalera que no deja lugar a secretos, tres mesas, un pequeño mostrador y una vitrina con algunas botellas de licor cuidadosamente colocadas. Una diminuta escalera de madera sube a un lugar que imagino privado. Nos sentamos bajo un cristal pintado con flores azules. En su sencillez, el local es de una belleza extraordinaria.

El matrimonio está recogiendo pero nos recibe con una sonrisa. Nos sentamos junto al ventanal y pedimos. El hijo cocina desde el cubículo de al lado, una pequeña cocina que también da a la calle. Mientras llega la comida nos enseñan unas botellas de vino australiano y nos preguntan si es de buena calidad. Nos reímos todos con las cosas que entendemos y con las que no.

Llega el tomate con huevo, me deleito con la pureza de los sabores. Otro plato con brócoli y judías. Berenjena. El hombre nos enseña una frase en shanghainés y se ríe diciendo que hemos aprendido el dialecto en solo una semana. Más risas. Llega el pollo con limón. I da un bocado, cierra los ojos, se calla. Mmmm, esa salsa. Soy feliz, dice. Nos despedimos con un «volveremos» sentido.

Si tomáis la Xiangyang Lu desde Huai Hai por la acera de la izquierda, en la primera o segunda manzana, encontraréis una cocina diminuta seguida de una puerta más grande, de cristal, que sirve cenas a la altura del mejor de los restaurantes de Shanghai. No hay ningún cartel en el puerta, pero si tuviera que ponerle nombre, sería 爱, que en la lengua de esta tierra significa mucho amor.

Luces de colores

Cuando salimos del metro de Lujiazui percibo aún un olor a nuevo. Seguimos un camino que me parece trazado, que nos empuja hacia un puente que cuelga sobre el vacío pero que no llega a la suela de los zapatos de los edificios que lo rodean. A la vista del aforo, parece que darle un mordisco a la gran manzana es un buen plan para el viernes por la noche. Encontramos un claro y nos detenemos a observar la inmensidad. De frente, la Oriental Pearl Tower se alza imponente en su verticalidad y nos lanza destellos desde sus tres perlas, unas estructuras redondas engarzadas sobre un pirulí cuyo tamaño se va reduciendo según se acercan al infinito. Me aseguro de que mis pies están bien fijos al suelo y de que en realidad no me estoy elevando.

Atravesamos la pista de baile, a un lado y a otro hay figuras que nos invitan a bailar. Bu yao, otro día, les decimos, y apuntamos mentalmente aquellas cuyo cuello queremos acariciar. Descendemos hasta un nivel más terreno y nos unimos al torrente, que avanza sin pausa, con paso irregular, siguiendo de nuevo la trayectoria adecuada. Giramos, atravesamos unos jardines y entramos de lleno en la explanada.

Es una plataforma gris, una acera gigante que va a parar al agua y que me recuerda por su ambiente festivo a los paseos marítimos mediterráneos. Algunos vendedores se afanan en vendernos un láser verde capaz de cruzar el río y tocar la cúpula triangular del Peace Hotel. J quiere uno de estos juguetes, cincuenta yuan, veinte, cuarenta, veinticinco, cuarenta. Tú te lo pierdes.

Nos sentamos en una terraza y nos dejamos agasajar con un té helado. Desde el pequeño oasis contemplamos la otra orilla, de pronto me traslado al Shanghai de los años veinte, botín de europeos y americanos tras las guerras del opio, que hicieron de Shanghai un puerto abierto y un centro de evasión de los colonos. Los palacetes art decó tienen una belleza conocida que me recuerda de dónde vengo. A mis espaldas, el magnetismo luminoso de los rascacielos me recuerda a dónde puedo ir.

Poco a poco las familias, los niños, la pareja cuyos besos han copado los objetivos de más de una cámara, los vendedores, se van retirando; a izquierda y derecha se van apagando también las luces y los carteles luminosos. Casi a solas con el paisaje y nuestros pensamientos, comenzamos a regresar; me viene a la cabeza la imagen de la colonia de hormiguitas que nos acompañaba en la venida y me alegro de poder seguir esta vez mi propia trayectoria. Sin embargo, creo que cada vez van a ser más los colonos que tomen el puente y dejen atrás sus añejos palacetes. La sensación que he tenido toda la noche es de que la pista de baile se ha trasladado a esta orilla de neón.

(Os agradezco mucho vuestros comentarios, no dejéis de enviarlos. Los publicaré junto con las fotos en cuanto vuelva a España, ya que desde aquí no puedo.)

Escenas cotidianas

Por la ventana de mi octavo piso acaba de entrar un rayo amarillo y lo atrapo para contaroslo. Normalmente la luz en Shanghai es blanquecina, el sol está ahí, se intuye, a veces incluso se descubre con ilusión una bola roja, de aspecto algo irreal, al otro lado de esa mampara empañada por los vapores que origina la actividad de la gran ciudad. Es una luz muy intensa que se va modulando desde sus primeros destellos, a eso de las 5, alcanza su máximo hacia el mediodía y va cediendo fuerza hasta desaparecer a una hora tan temprana como las 7.

A veces el blanco laboratorio se torna gris plata y el dragón descarga su furia con tal ímpetu y apremio que los que estamos aquí abajo hemos de guarecernos en el primer lugar que encontramos. Rincones hay miles en las calles de Shanghai, los grandes bloques de edificios se alternan con casas de una o dos alturas que albergan en sus bajos cubículos abiertos a la calle donde se venden noodles, neumáticos o se hacen copias de llaves -a veces todo esto a la vez- y desde los que muchas familias chinas comparten sus actividades con los transeúntes, como ver la televisión o lavarse.

Uno de estos paisajes es el que nos acompaña a M, I y a mí por la mañana camino de la universidad. A la izquierda, adaptándose a la forma serpenteante que toma la calle Xitiyuhui en su cruce con Chifeng Lu, se reparten como casillas de un tablero de la oca estas diminutas tiendas-vivienda y nos arrojan breves instantes de intimidad y cotidianidad chinas. A la derecha, una vía de varios carriles transporta sin mucho orden taxis de colores, coches negros de cristales tintados, caballeros que llevan a princesas en volandas, carretillas que transportan cosas y personas. En medio, sobre la acera con tramos sin asfaltar, más bicis y motos sortean a los transeúntes, y algún caminante evita una moto sobre la que alguien echa una cabezada.

Entramos en la universidad y dejamos atrás la China de la calle. En el edificio de cemento gris y las aulas de azulejos blancos nos reunimos estudiantes de muy diversas procedencias cuyos rasgos nos confieren la denominación común de laowai. Solo el hecho de ser laowai nos anima a sonreír a otros laowai por la calle y, en concreto en la universidad, a empezar a contar unos con otros con bastante rapidez. Comemos juntos en una cantina barata a la salida de clase, una mesa redonda sobre la que giran cada día nuevos platos -algunos se han propuesto probar las casi cien fotos del menú en estas cuatro semanas- y hacemos planes para después. La concesión francesa, los jardines de Yuyuan, ir a hacer fotos a los rascacielos de Pudong.

Salimos a la calle y nos mezclamos de nuevo con los transeúntes, las motos, niños que juegan a la puerta de un taller, mujeres que nos piden botellas usadas con una delicadeza exquisita, ancianos diminutos y encorvados de camisa desabotonada que avanzan a su ritmo por la senda de la vida. Aunque en realidad no nos mezclamos, somos los laowei, y a nuestro paso suscitamos las miradas de niños, hombres y mujeres, e introducimos, quizá, una casilla nueva en el tablero de sus vidas.

Shanghai, Hong Kou district, domingo 3 de julio, 20:30

La mole lleva un tiempo dormida, se ha apagado con una rapidez que me ha hecho pensarme durante el camino del hotel al metro si renunciar al paseo por Nanjing Lu, la fluorescente calle comercial que va desde la Plaza del Pueblo -esa especie de wok de verduras gigante donde se saltean bullentes museos, un teatro, turistas y locales- hasta el Bund, la promenade del río Huangpu, que abre al paseante a una panorámica de alturas, luces y perfiles que conforman el skyline que Shanghai se ha construido en poco más de veinte años.

He vuelto a un lugar que ya conocía, al mismo barrio, el mismo hotel, el mismo olor de comida callejera que se fríe en un puchero de madera en la acera; me he sorprendido, de nuevo, al levantar la vista y encontrar cientos de motoristas que avanzan como una nube de moscardones hacia el semáforo que me dispongo a cruzar; he sentido otra vez una mezcla de compunción y ternura al ver al hombre que pedalea una bici con un fardo de cartones que multiplican por veinte el volumen de su cuerpo; he reconocido, desde la distancia, los colores y las formas de los edificios, de alturas inexistentes en el viejo continente, que han aparecido en mis sueños durante dos años; los tendederos metálicos y los aires acondicionados que invaden las fachadas como una plaga de acné; he levitado y cogido las curvas a 430 km/h con el Maglev, el tren más rápido del mundo, y me he emocionado de nuevo con lo que somos capaces de crear; me he convertido en sudor y fundido con el asfalto y con mi compañero de asiento del metro en una sensación que no puedo asociar a ningún lugar más que a este.

Shanghai se ha convertido en mi casa, como Berlín, Edimburgo, Madrid y quizá también Milán. Berlín para mí es el comienzo; Edimburgo, la vocación; Madrid, el punto de unión; Milán, el lirismo; Shanghai, el futuro, los proyectos. Y el lugar donde nace Mundomultikulti, fruto de un proceso que no comenzó en ninguna de estas ciudades, sino en Sevilla, en mayo de 1992, bajo un sol de justicia, como el de aquí, pero seco, mientras asistía a una danza de la Polinesia, aliviada por las gotas que caían de los aspersores situados bajo las vías de un tren elevado que conectaba los extremos más dispares de la tierra, puntos que, hasta entonces, solo habían existido sobre el mapa.

La ciudad duerme, pero se mantiene siempre viva, y desde la habitación del hotel escucho pasar los coches a varias velocidades, como las que sigue este país tan inaprensible. He decidido dejar para otro día el paseo por Nanjing Lu, no tengo sueño pero es muy tarde y mañana comienza un nuevo curso. De una lengua que hace tres años que es algo menos inescrutable.